viernes, 21 de enero de 2011

CARTA DE MAMÁ

Mi querida Paula:


Cuando me preguntan por qué no puedo dormir sin leer unas páginas y respondo que el sueño ha de venir por un sendero de letras, me miran con cierta severidad:¿ a-quién-se-le-ocurre?-hasta-las-tantas!-la cama es para descansar!. Pero tú sonríes cómplice, porque has librado muchas noches de pesadilla en mi "cama-biblioteca", como tú la llamabas, donde has convocado la magia del sueño entre las páginas de un libro. Y muchas veces he apagado la luz de las dos con media historia encima de la cara y otra media entre las sábanas, las gafas y la almohada. Así claro que no tiene ningún mérito ser una apasionada lectora si, como en tu caso y en el mío, hemos vivido rodeadas de libros situados a la altura justa en las estanterías para que la mano curiosa pudiera abrirlos, pasar las páginas, desentrañar sus golosos olores, viajar de ilustración en ilustración y, finalmente, saltar el tiempo trasportadas en alguna historia que no deseábamos terminar nunca.
Jamás te he prohibido leer un libro, es más, te he alentado desde pequeña a ir formando tu biblioteca particular, a catalogarla según el orden que tú impusieras (porque así habían entrado los libros en tu vida) y a redactar, aunque fuera brevemente, una pequeña ficha de lectura. En aquellos pedacitos de cartulina ibas anotando tus impresiones (¡tan subjetivas!), el nombre de los personajes para usarlos en tus primeros cuentos, algunos pasajes que te sobrecogían, adjetivos que podías combinar porque sonaban bien y argumentos, tan detallados a veces, que se convertían en un ejercicio de reescritura infantil sobre aquellas fascinantes historias.
Y nunca te he impuesto leer un libro, porque siempre he defendido que el acto de la lectura no debe circunscribirse a las experiencias particulares y al mundo íntimo de cada cual.

Nunca te he prohibido que dejes un libro abierto y bocabajo hasta la próxima vez, porque eso significa que volverás y que te espera. Y tampoco te he negado que escribas en un libro tuyo. Los márgenes, esos caminos blancos de los lados de la historia, están para ser anotados con tu voz, una vez que has escuchado con respeto la de otros. Pero no sabes cómo se duelen los márgenes vírgenes cuando son pisoteados por los trazos estridentes de quienes, queriendo dejar una constancia estúpida de su presencia en el mundo, estampan con sus zarpas soeces el nombre de un equipo de fútbol, de un cantante famoso, de un amor primerizo (pocas) o de un odio desmesurado (demasiadas), como has visto -lamentablemente- en alguna biblioteca. No esperes de ellos más sorpresa creativa que la última melodía acoplada en su teléfono móvil. Nunca alcanzarán a comprender que hemos de leer constantemente: nos leemos a nosotros mismos y al mundo para poder desentrañar dónde estamos y vislumbrar qué somos. Leemos para entender, o para empezar a entender. Y cada lectura edifica lo que seremos sobre aquello que hemos leído previamente.



No corren tiempos felices para la lectura. El reposo íntimo que exige el acto de leer no consiente el vértigo de imágenes por el que navegamos a diario. Pero, desdichadamente, y porque es más fácil ver el mundo que interpretarlo verbalmente, hemos terminado por sucumbir a una cultura de la vista desdeñando, por costosa, la cultura de la mirada. Siempre con prisas, estamos perdiendo el gozo de hojear para ojear sin más. Fíjate, Paula, en lo importante que puede ser para la vida la letra hache.
Sin embargo, no pierdo la esperanza: “Die Utopie beginnt im jetzt” (La utopía empieza ahora), reza el lema bajo el que me fotografiaste en Berlín. Siempre habrá quien mantenga, con Cortázar, que la lectura es un acto de amor. Así, mientras entre las páginas de un libro exista un lector desvelado, sorprendido, enamorado, furioso, aliviado, enfurecido, ávido de palabras, tendremos el consuelo de no estar equivocados.
Carmen Galán Rodríguez
(Escritora y catedrática de la UEX)

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